El hambre emocional me salvó la vida


El Hambre Emocional me salvó la vida. Sí, literalmente.


¿Qué hubiera sido de mí a los 10 años si no hubiera tenido mis papitas fritas para calmarme ante un ambiente estresante que no entendía y menos sabía manejar?

¿Cómo adaptarme a un nuevo país y un nuevo idioma sin el lugar seguro que era una salsa picante?

¿Cómo atravesar el duelo de un divorcio sin carbohidratos?

¿Cómo aguantar largas jornadas de estudio y trabajo sin café y botanas?

¿Cómo tolerar el dolor sin esas pequeñas fugas de placer?


Para empezar, el Hambre Emocional es normal. Es imposible no comer emocionalmente.


Comer es un acto que involucra las regiones de nuestro cerebro que tienen que ver con el instinto y la supervivencia (cerebro reptil), así como las regiones del cerebro que regulan las emociones y los vínculos sociales (sistema límbico) y también la región donde reflexionamos, planeamos, aprendemos, imaginamos y organizamos (lóbulos frontales). Así que comer es un acto biológico, emocional, mental, social y espiritual.


Lo más fabuloso es que el comer emocional no solamente hace de un acto instintivo una experiencia potente de placer, conexión y significado; es también un recurso que salva vidas.


Para muchísimas personas comer es una respuesta a experiencias traumáticas. Es el mejor recurso que encontraron para disminuir emociones intensas o para de plano anestesiarse y no sentir. Para huir de una realidad que parecía intolerable. Para sentir algo de seguridad, apapacho, consuelo o compañía.


Trauma no es una situación adversa. Trauma es lo que ocurre en nuestro cuerpo-mente como resultado de la exposición a esa situación adversa.


Vivir una situación estresante, dolorosa, que aterra y ante la que se siente impotencia; cambia el funcionamiento de nuestro cuerpo-mente que busca desesperadamente ponerse a salvo y adaptarse.


Parte de esos cambios involucran la regulación de nuestras emociones y de nuestra ingesta. El trauma puede acrecentar el comer emocional, no como un signo patológico, sino como un signo de sobrevivencia. El hambre emocional no es síntoma de que algo va mal, es síntoma de que tu cuerpo está funcionando y haciendo todo lo posible para que puedas seguir con tu vida. Habla de que que tienes recursos en ti para hacer frente a la amenazas. Que tú, no te sueltas a ti.


Qué tristeza entonces que muchos profesionales de la salud e influencers representen al hambre emocional como la mala del cuento, que hablen de que solo es válido comer si sientes hambre física, que den estrategias para deshacerte del hambre emocional, para controlarla y reprimirla, que la responsabilicen por los cambios en el peso (afirmación súper gordofóbica).


Eso es ignorar por completo la psicobiología del hambre, atentar contra los recursos de sobreviviencia de una persona u es retraumatizarla, es decir, reafirmarle que no es válido lo que siente, que es mala persona, que debe cambiar, que no se encuentra segura, que ser ella está mal.


Si tú eres profesional de la salud te invito a reflexionar: ¿cómo manejas al hambre emocional en tu consulta? ¿desde el miedo, el juicio y la cultura de dietas? ¿o desde la curiosidad, apertura y conocimiento?


Al hambre emocional no se le juzga, se le comprende.

No se le reprime, se le observa con curiosidad.

No se le calla, se le escucha.

No se busca eliminarla, sino gestionarla.


Estar en paz con el hambre emocional es un camino hermoso de autoconocimiento, crecimiento y reconciliación con la vida, el cuerpo y la comida.


Te invito a mi Masterclass Hambre Emocional desde una visión de trauma para profundizar en este tema


Y si eres colega profesional de la salud y quieres crecer tus herramientas para trabajar con el hambre emocional desde una visión no pesocentrista, creativa y amorosa, te invito a mi Formación Profesional Herramientas Terapéuticas para el Hambre Emocional


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Ana Arizmendi

Ana es psicóloga y directora de Psicoalimentación®


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