Mi Voz Gordofóbica




Tengo una Voz Gordofóbica. Aún tras años de trabajo personal y profesional en el movimiento anti-gordofobia, el feminismo, el trauma y la justicia corporal…aquí sigue.


Es una voz interna, como muchas otras que conviven en mi mente y que todas las personas tenemos. Siempre me gusta decir que nuestra mente es como un gran complejo de apartamentos con diferentes vecinos. Cada uno con voces, edades, opiniones y funciones distintas.


Puedo trazar los orígenes de mi Voz Gordofóbica a mi infancia, cuando me sentía aliviada de no ser la niña gorda de mis salón a quien le hacían burla o cuando había preocupación en la familia porque una tía había subido de peso. En mi adolescencia entendí a plenitud lo valioso de ser delgada, sobre todo en los 90s y 2000s donde no era delgadez, sino flacura el estándar de belleza. Soy de la generación de la talla cero y yo era talla cero. Mi Voz Gordofóbica se afianzó con las películas y series donde las protagonistas siempre eran bonitas, blancas, heterocis y delgadas.


En ese entonces, mi Voz Gordofóbica se comunicaba con pensamientos como: “qué alivio que no eres ella o él” y diciendo cosas como: “es mi amiga la gordita”.


Mi Voz Gordofóbica tuvo su gran momento al convertirme en profesional de la salud y al especializarme en trastornos alimenticios. Porque, por más paradójico que suene, aunque sabemos que la gordofobia está en la raíz de los trastornos alimenticios, los tratamientos están llenos de discriminación a los cuerpos grandes.


¡Cómo creció mi Voz Gordofóbica entonces! Ella tenía el micrófono y los reflectores. Qué bien se sentía en la televisión, radio, consulta y talleres hablando del peligro de la ob*sidad, sintiendo que estaba haciendo bien a los demás. En cuántos libros y certificaciones invertí escuchando sus consejos. Mi Voz Gordofóbica me dio un lugar, liderazgo, una práctica floreciente, un grupo de amigos y colegas. Cada congreso de health coaching, nutrición o trastornos alimenticios eran reuniones de Voces Gordofóbicas. Cuánta soberbia.


Cuestionarla ha sido duro, sobre todo al inicio. Ella tenía argumentos acumulados de años de reafirmación. Y además, ¿quién quiere soltar el protagonismo?


Y ha sido difícil no solo por ella sino por mí. ¿Quién era yo sin ella? Sobre todo profesionalmente, me daba terror trabajar sin ella.


Afortunadamente, tengo otras voces a las que también les gusta el micrófono y que estaban listas para tomarlo en cuanto la Voz Gordofóbica titubeó. Hubo tres en particular que formaron un armonioso coro: la Voz de la Intuición, la Voz de la Curiosidad y la Voz de la Compasión. La Intuición fue la primera en manifestarse, y como es característico de ella, lo hizo a través de mi cuerpo. Me empecé a sentir incómoda físicamente en ambientes de cultura de dieta, me sentía entusiasmada cuando descubría otras formas de pensar. La Voz de mi Intuición es la que me susurraba: “por aquí no es, “esto no funciona”, “esto lastima”.


Muy de la mano se manifestó mi Voz de la Curiosidad, que ya estaba mega aburrida del discursito gordofóbico de siempre y que se dio cuenta de que el “estilo de vida saludable” en realidad era una dieta más disfrazada, así que con su hambre de expansión y de aprender cosas nuevas me llevó a invertir, sí otra vez, en libros, cursos, talleres y seminarios sobre salud en todos los cuerpos, alimentación intuitiva, alimentación conectada, justicia corporal, feminismo, trauma, terapias somáticas y ufff! Mil temas más.


Mientras más salía del mundo de las dietas, mi Voz Gordofóbica se hacía más chiquita pero surgían otras voces: las de la Culpa y la Vergüenza. ¿Cómo pude estar cegada tanto tiempo? ¿Cómo hice daño?


Afortunadamente, prontamente surgió mi Voz de la Compasión, ella siempre viene detrás de Culpa y Vergüenza y tiene el poder mágico de tranquilizarlas.


Hoy mi Voz Intuitiva me da la certeza de que este es el camino, mi Voz Curiosa me sigue enriqueciendo de un sinfín de conocimiento teórico y experiencial y mi voz Compasiva me acompaña cuando tengo dudas y cometo errores.


Aún así, mi Voz Gordofóbica no ha desaparecido. Sigue pequeñita habitando en mi mente. Estuve tan enojada con ella y me sentí tan avergonzada de su existencia, que la mandé castigar en el rincón más oscuro de mi mente.


Hacía tiempo que no la escuchaba pero el año pasado que mi cuerpo cambió, volví a sentirla. ¿Aún sigues aquí? – me sorprendí. Recientemente, cuando una colega activista gorda me señaló un tema de injusticia que yo no había sido capaz de ver por mi privilegio de delgadez, me di cuenta que ahí está, que todavía vivo con algo de su filtro para ver la realidad.


La diferencia es que al escucharla, no sentí rabia o vergüenza como en el pasado, sentí mucha compasión (¡buen trabajo Voz Compasiva!). Ella no es mala per se, simplemente es producto del mundo gordofóbico que habitamos. ¿Cómo no tener una Voz Gordofóbica en esta sociedad donde esas voces son amplificadas? No me peleo con que exista. No la insulto. Simplemente la noto, reflexiono y aprendo. Sé que no es mi única voz, y hoy yo decido quién toma el micrófono.


Estoy consciente que esta es mi experiencia personal con mi Voz Gordofóbica siendo una persona delgada que no vive las violencias que la personas gordas. Reconozco que el camino de identificar y gestionar esta voz será muy diferente en cada persona. Y que para ello se puede requerir ayuda.



Te invito a reflexionar sobre tu Voz Gordofóbica:

  • ¿Cuándo surgió? ¿De dónde proviene?

  • ¿Cuándo aparece?

  • ¿Qué te dice?

  • ¿Cómo te hace sentir?

  • ¿Qué otras voces internas te serían más útiles para disminuirle el volumen y quitarle el protagonismo?

  • ¿Qué podrías hacer cuando al escuches?


Platícame tus reflexiones


Ana Arizmendi

Ana es psicóloga y directora de Psicoalimentación®

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