Mi reconciliación con los nachos


Si has escuchado mi podcast, sabes que tengo una relación muy especial con las papas fritas. Gracias a esa relación llegó a mí el concepto de Alimento Maestro.


Un Alimento Maestro es aquel con el que tenemos una relación significativa. Lo comemos no solo por que su sabor nos gusta, sino porque significa algo más.

El Alimento Maestro juega un rol importante en nuestra vida, con él tenemos una relación profunda y compleja. Para muchas personas, su Alimento Maestro ha sido más incondicional que personas cercanas de su vida. Lo queremos y deseamos, pero a veces también nos causa conflicto y le culpamos.


Aunque las papitas han sido mi Alimento Maestro más constante y especial, los nachos con queso también jugaron ese rol en un momento de mi vida. Conocí los nachos en mi adolescencia y de ahí fue amor a primer bocado. El crunch salado y seco, mezclado con lo cremoso del queso y el toque picante del jalapeño los hacían perfectos. De inmediato se convirtieron en mi snack favorito en el cine. Y un alimento que llegaba a mi mente cuando estaba estresada y necesitaba relajarme. Cuando aprendí a manejar, recuerdo muchas tardes yendo por mis nachos al centro comercial y sentirme divertida y tranquila. Eran mi premio por el esfuerzo de ser una estudiante de diez.


Sin embargo, al pasar de los años, conforme me fui metiendo al mundo del "estilo de vida saludable", que más bien era nutricionismo , el antojo de nachos me empezó a hacer sentir culpable. Los había etiquetado como un alimento poco sano, "chatarra". Dejé de pedirlos en el cine porque ya no era apropiado con mi profesión de Health Coach.


En ese entonces vivía en una ciudad pequeña y tuve la oportunidad de salir regularmente en radio y televisión hablando de estilo de vida saludable. No era raro que me encontrara gente que se acerba a saludarme en el mercado o el centro comercial. ¿Y saben qué pensaba yo? ¡Qué vergüenza que me encuentren en el cine con unos nachos!


Empecé a prohibírmelos y ocurrió lo lógico: el deseo aumentó y los atracones aparecieron. Nunca antes me había atracado de nachos hasta que me los prohibí.

No faltó mucho para que entrara en contacto con la Alimentación Intuitiva y cuando en el Principio 3 se nos invita a darnos permiso incondicional de comer, lo primero que vino a mi mente fueron los queridos nachos. Recuerdo muy bien hablar con mi pareja y decirle cómo me sentía y pedirle su apoyo para el experimento. Lo único que necesitaba es que me acompañara al restaurante donde hacían mis nachos favoritos y estar ahí para mí mientras me daba permiso de comerlos. Fuimos en un día concurrido y pedimos mesa en la terraza para estar más expuesta, ¡que me vieran! Ahora entiendo que fue una exposición bastante intensa y que en general, la exposición a los alimentos temidos se hace gradual, pero como mujer intensa que soy, decidí tirarme de cabeza al agua.


El experimento resultó sumamente interesante. Desde que el mesero se aproximó con los nachos, no me parecieron tan atractivos. Los primeros bocados sentí un alivio enorme, casi como el del primer trago de agua cuando se tiene mucha sed. Pero después de ese alivio inicial, comencé a prestar atención a los sabores y texturas, comiendo lentamente, sabiendo que todo ese plato era para mí y que podía comer hasta que yo quisiera. No me gustaron tanto. No llegué ni a la mitad. Me di cuenta que el deseo había crecido por la prohibición y la idealización que yo había hecho de esos nachos, más que por su sabor en sí. Me sentí un poco decepcionada y sorprendida. Tantas veces pensé en tener esos nacho solo para mí y ahora habían perdido su magia. No he vuelto a comer nachos de ese restaurante, simplemente ya no me apetecen.


Pero el gusto por los nachos no se terminó. Me di cuenta que una vez que me había dado permiso de probarlos, ahora se me antojaban más (hoy sé que a eso se le llama la fase de luna de miel de al alimentación intuitiva). Quería comer otros nachos, regresé a los del cine, los primeros que había probado y uffff esos sí que me encantaron. Decidí darme permiso de pedir los nachos en el cine siempre que quisiera y además, encausar ese gusto por los nachos en un experimento curioso: me volvería catadora de nachos. Y así, durante un buen tiempo, me di permiso de probar nachos en diferentes lugares pero no desde la desesperación y urgencia, no escondiéndome y sintiendo culpa, sino con la actitud de una catadora: observando, saboreando, atendiendo el presente.


Y poco a poco, los nachos se integraron a mi vida como un alimento más. Casi sin darme cuenta, mi fase de catadora de nachos se fue diluyendo. Cuando los nachos dejaron de ser algo prohibido, mi sistema se habituó a ellos y entonces los normalizó, igual que siempre he tenido normalizados los frijoles o las zanahorias, ahí están para cuando me apetezcan.


Hoy los nachos se me antojan con mucha menos frecuencia, pero cuando lo hacen, son totalmente bienvenidos y altamente gozados. Los nachos y yo estamos en paz.

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¿Estás en conflicto con algún alimento?

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Con cariño,


Ana Arizmendi

Ana es psicóloga y directora de Psicoalimentación®


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